jueves, 25 de febrero de 2010

Eduardo Llanos: de Chile a Inglaterra

Natural de Corao, trabajó como administrador de obras públicas en el país andino y ejerció como mediador en diversos conflictos territoriales

http://www.lne.es/siglo-xxi/2010/01/31/eduardo-llanos-chile-inglaterra/866941.html

Eduardo Llanos es un indiano, no del todo infrecuente, que aprovecha el puente de las Américas, en su caso de Chile, para realizar sus actividades en el Viejo Continente, en Inglaterra. Es un poco como las quintas o «chalets» que los indianos construyen a su regreso a la patria, y que eran imitación de los palacetes franceses que afrancesados ilustrados trasladaron a las Indias y los indianos, tal vez no tan ilustrados, y afrancesados de oídas, volvieron a edificar en las quintanas rústicas, y no quedaron tan mal aquellas construcciones, ya que se integraron en el paisaje con la palmera incluida, según reconoce Enrique R. Balbín. Eduardo Llanos emigró de Asturias a Chile, y de Chile volvió a Inglaterra. Se dice que Chile, junto con Argentina, es la República más «europea» de América del Sur. Mal asunto ser tan «europeo», y más cuando el «europeísmo» no pasa de afrancesamiento. Lo mismo les sucede a los catalanes, que, según Salvador de Madariaga, se consideraban los más «europeos» de España, cuando a la vista está que sólo son imitadores que pretenden aparentar lo que no son. En cambio, Madariaga, en ese famoso artículo en el que nos dice a los asturianos grandes piropos, afirma que la verdadera región europea de España es Asturias, porque los asturianos se limitan a ser lo que son, en tanto que los catalanes aspiran a convertirse en lo que sueñan ser: caso que se da con mucho mayor dramatismo en Argentina y Chile. De Argentina se ha dicho, con razón, que es un país poblado por italianos que hablan español, viajan a París y aspiran a ser ingleses. Ésta es la mejor manera de no ser nada. Eduardo Llanos, que probablemente no fuera afrancesado en sus orígenes, nació en el Palación de Corao, concejo de Cangas de Onís, el 12 de agosto de 1833, hijo de Benito Llanos de Noriega y de Isabel Álvarez de las Asturias Nava y Posada, tercero de ocho hermanos. Su infancia transcurrió en un lugar mágico, entre restos de las legiones de Roma y espesos castañares, y arriba, en el monte, el misterioso y antiguo templo de Abamia, que fue panteón de los primeros reyes de Asturias. Allí estuvieron enterrados Gaudiosa y Don Pelayo, y posteriormente el conocido chamarilero alemán Roberto Frassinelli, en un cementerio abandonado y derruido, que Magín Berenguer describió como sacado de un cuento de Edgar Allan Poe. Frassinelli fue aprovechado por cuatro golfos como punta de lanza para la invasión especulativo-inmobiliaria de Llanes, de la que salió un lamentable plan especial que todavía sigue por los tribunales. En cuanto al templo de Abamia, fue agredido de manera desconsiderada y brutal por unos reconstructores que, de momento, taparon la fachada con una pasteta amarillenta a costa del erario público, y menos mal que ahora no hay una perra, pues, como decía Churchill, muchas barbaridades dejaron de hacerse por falta de dinero. Imaginamos la infancia feliz de Eduardo Llanos entre aires de leyenda y los castaños, y arriba, el templo. Recibió las primeras letras en la escuela de Corao Castillo, y a los diez años de edad, en septiembre de 1843, es enviado a la casa de unas tías que vivían en Gijón para continuar los estudios, ingresando en 1846 en la Escuela Especial, el antiguo Real Instituto Asturiano fundado por Jovellanos, para seguir las carreras de Cálculo y Náutico, que finalizó en 1850. Y sabiendo navegar, embarca en Cádiz el 30 de diciembre de ese año de 1850 en dirección a América del Sur. Durante cuarenta y siete años vivió entre Chile, Inglaterra y Perú. Toda una vida. Curiosamente, nunca aprovechó los estudios de náutica, dedicándose a ocupaciones de tierra firme, como la construcción. Trabajó como administrador de obras públicas municipales y del gremio de jornaleros, y debió de ser bueno echando cuentas, porque llegó a presidir la Sociedad de Beneficencia Española. En 1876 se establece en el puerto de Iquique, en el que al margen de sus negocios desempeñó el cargo de vicecónsul de España, hasta que se instala en Santiago de Chile, donde fue inspector de Obras Fiscales y superintendente de la exposición de minería y metalurgia celebrada en el año 1894. A través de estas actividades mantiene buena relación con altos estamentos chilenos políticos y empresariales. Debía de poseer excelentes cualidades de diplomático, que le permitieron flotar como un corcho en medio de la tempestad, incluso en los momentos más difíciles, como los de la guerra que enfrentó a Chile y Perú con España de 1864 a 1868, en la que estuvo comisionado por sus compatriotas para atender las necesidades de los españoles residentes en Chile e internados, con motivo de la guerra, en los alrededores de Santiago. Para ejecutar con éxito una misión de este tipo es imprescindible disfrutar de confianza de las dos partes de un litigio. Las labores de mediador lo condujeron a estar en ocasiones en el ojo del huracán de la historia y en medio de alguna batalla naval, a pesar de ser civil y de conservar la nacionalidad española, en una nueva guerra, la desatada entre Chile, Bolivia y Perú a consecuencia de la disputa por el territorio de Antofagasta en 1879. No dejaba de ser extraordinario que el señor Llanos, ciudadano de España que había mediado durante la guerra que sostuvieron contra ella Chile y Perú quince años antes, en 1879 mediara entre Chile y Perú, ahora beligerantes, con una guerra en toda regla declarada entre ellos. Ser mediador en una guerra es difícil; mucho más, si el mediador pertenece a una nación extranjera y lejana, hacia la que existen grandes suspicacias en todo el ámbito territorial de sus antiguas colonias hispanoamericanas, en las que la actitud contraria a la antigua metrópoli no obedece tanto a cómo había administrado las colonias en el pasado como al feroz y a la vez cursi afrancesamiento de las clases dirigentes de las nuevas repúblicas. En este aspecto, la habilidad de Eduardo Llanes me recuerda a la de Víctor de la Concha, recompensado con el Toison de oro a la corrección política por sus sorprendentes y desmesurados esfuerzos de «corrección política extremada». Pues si ahora se concede, como es evidente, el Toison a la corrección política (aunque se revuelvan en sus tumbas los viejos huesos de los duques borgoñones), el señor Solana es «correcto en materia política», de manera natural e indiscutible por su condición de «progre» en ejercicio y republicano de dinastía; mas el asturiano de la Concha hubo de ganárselo a pulso. Asimismo, a Eduardo Llanos le tuvo que resultar más difícil mediar entre Chile y Perú siendo español que si hubiera sido francés. En aquella cruel y absurda guerra entre Perú, Chile y Bolivia por Antofagasta se produjo el 21 de mayo de 1871 el hundimiento del buque chileno «Esmeralda» cuando intentaba abordar al «Huáscar», y en esa acción murieron el capitán Prat y el teniente Serrano. Llanos se ocupó de recuperar sus cadáveres y darles sepultura, a pesar de que los peruanos le mantenían discretamente vigilado por sospechar que sus simpatías se inclinaban hacia los chilenos (lo que, por lo demás, era natural). Esta acción, a la vez piadosa y política, de enterrar a los muertos, obtuvo su recompensa política, ya que en buena medida contribuyó al restablecimiento de las relaciones políticas con España, rotas desde 1865. Cuando en 1880 los chilenos recuperaron Iquique, Llanos fue públicamente reconocido por el Gobierno chileno, al tiempo que se proclamaba al capitán Prat como héroe de la patria, ya que mientras se hundía el «Esmeralda» que mandaba, saltó a la cubierta del barco peruano «Huáscar» y sobre ella luchó hasta que fue muerto. En más de un aspecto Prat recuerda al marino asturiano Villamil, que moriría unos años más tarde en la batalla de Santiago de Cuba. A Prat se le levantó un monumento imponente en Valparaíso, pero Llanos no estuvo presente en su inauguración, porque desde finales de 1879 se encontraba en Londres para hacerse cargo de la oficina en esa ciudad de la compañía salitera de los señores Astoreca y Granja Domínguez. Regresa a Chile en 1890, hasta el año 1897, en que se instala definitivamente en Londres. El regreso al Viejo Continente le permitió una relación más activa con su tierra natal. A los pocos años fue nombrado (era inevitable) presidente de la Cámara de Comercio de España en Londres, y en el ejercicio de este cargo favoreció las relaciones del puerto de Gijón con los puertos ingleses, principalmente en lo que se refiere al embarque de carbón. En el aspecto cultural, adquirió las cartas manuscritas de Jovellanos a lord Holland, conservadas por los descendientes de este en Holland House. La cultura será una de las preocupaciones de Eduardo Llanos, que sufragó la edición de libros como «Historia de la Universidad de Oviedo», de Canella, y «Reseña histórica del Instituto Jovellanos de Gijón», de Rafael Lama y Peña, y patrocinó una escuela modélica en Corao inaugurada en 1900, en la que se seguían los métodos pedagógicos más avanzados de la época. Cada escolar recibía al ingresar cuaderno, lapicero y cepillo de dientes. También contribuyó a costear la construcción de la basílica de Covadonga y publicó en Londres tres álbumes de fotografías, dibujos y mapas, titulados «Recuerdos de Asturias». En 1908 se retira a Cangas de Onís, y acaba siendo elegido presidente de su Cámara de Comercio; también colaboró con la cooperativa agrícola El Despertar. Al cabo de muchos años, don Eduardo volvía a la vida tranquila.

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